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revista contra el pensamiento único

Saludos desde Bolivia

Saludos desde Bolivia

 La crónica de un cooperante de una ONG vizcaína por tierras bolivianas. Con su lenguaje directo, nos muestra el quehacer diario, no sólo de estas organizaciones, sino de los habitantes de aquellas zonas. Y, de primera mano, aporta información, la cual nunca nos ofrecerán en los grandes e importantes medios de comunicación.

(...) Unas letritas desde La Paz, para dar señales de vida tras un par de semanas de ruta. (...) Sin demasiadas novedades. El viaje de venida resultó más cómodo de lo esperado gracias, sin duda, a la bondad de la Providencia. En mi asiento de rigurosa clase turista, me tocó de vecina a una madre de familia que acarreaba un enano, un bendito enano, vociferante que se intuía como una auténtica tortura. A los 40 segundos de vuelo, todavía con el belt perfectamente ajustado, el enano se puso histérico y entre congestiones y gritos se lanzó a las arcadas y me vomitó encima una papilla viscosa de colores inciertos. Creí que mataba al enano, a la madre, y a varias filas contiguas de viajeros: ¡en el minuto uno! ¡un viaje de 13 horas, y atado a un maldito cinturón mientras la vomitona del enano se escurría entre mis piernas! Mi cara debía ser de mosqueo importante porque en cuanto el invento se niveló en el cielo vino el capitán y al ver el desaguisado me llevaron a Bussines Class, donde pasé las siguientes 12 horas y 45 minutos como un marqués, eso sí en gallumbos y con una tintorería improvisada en el cuarto de baño de las azafatas.

 Tras un par de reuniones en Lima continué rumbo a Bolivia, hasta Santa Cruz de la Sierra. Salí al campo, a la Chiquitanía, hasta Concepción, para ver el centro de formación de líderes indígenas que tenemos montado en la zona. Por supuesto varias reuniones con autoridades indígenas y con grupos de mujeres de las que participan en el proyecto.

 Los chiquitanos son de esos indígenas de las tierras llanas, de cara amable y mirada cariñosa. Están pasando una situación complicada, pues su cara amable ha sido aprovechada durante decenios por criollos de pocos escrúpulos que los explotan salvajemente en los campos de producción de soja. Una de las dirigentes indígenas me decía: señor, yo soy paciente y mi pueblo es humilde, pero el hambre de mis hijos tiene prisa.

 La situación en el país, es -como sabéis- bastante complicada. Hay una nueva constitución que parece reconocer oportunidades a los grupos excluidos -¡aquí excluidos son casi todos!-. Pero, hay, al mismo tiempo, una importante contestación social que parece hacer inviable el futuro del proyecto. En ese contexto unos claman por la acción directa -me decían en una zona: yo tengo que perdonar a mis padres que no hicieran nada por mí, porque ellos nacieron para servidumbre, pero mis hijos no me perdonarán que yo no pelee con mi sangre por sus derechos-. Complicada situación la que junta desesperación con falta de alternativas.

 Nuestro proyecto está precisamente en la línea de la concertación, intentando dar futuro viable a esa gente. Hay tajo por delante, ¡hay tajo!.

 Luego regresé a Santa Cruz donde he quedado prácticamente aislado una semana: lluvias torrenciales, inundaciones salvajes que han tirado abajo puentes y carreteras. Casi medio metro de agua a las puertas de mi hotelillo, y ninguna posibilidad de seguir la ruta prevista, ni por tierra ni por aire. Total que trabajo de oficina en Santa Cruz y reprogramaciones de actividades cada mañana. No suena tan mal, pero aquí a las lluvias sigue siempre el calor vaporoso tropical que en este caso ha servido para reforzar una epidemia de dengue hemorrágico terrorífica: 15.000 casos en una semana.

 El dengue lo transmite un mosquito, y la combinación charco de inundación-altas temperaturas es letal en el vector de contagio. Parece que he salido bien librado de la pandemia. Otro del equipo local nuestro, sin embargo, ha tenido que estar toda la ruta con los temblores caracteristicos del dengue: no en vano le llaman la fiebre quiebrahuesos.

 Finalmente conseguí escapar hacia La Paz. Hace frío, pero tras la inmersión en las tierras bajas, se agradece el aire seco de la sierra.

 Aquí me ha tocado visitar las comunidades aymaras de Mecapaca, zona aislada que se extiende en las escarpadas laderas que abre en el altiplano el río La Paz. Las obras de riego están ya terminadas, y el programa de mejora de producción lechera empieza a dar sus frutos.

(...)

McK.

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